Adopté un bebé después de hacerle una promesa a Dios; 17 años después, ella descubrió la verdad y me dejó.

Una promesa a la vida, a mí misma. Si algún día fuera madre, también le daría un hogar a un niño que no lo tuviera. No por obligación. Por amor.

Unos meses después, tenía  a Emma  en mis brazos. Una niñita llena de voz, energía y vida. Desde su primera mirada, supe que mi corazón se había ensanchado para siempre. Era alegre, espontánea, rebosante de vitalidad. Todo lo que había soñado.

Nunca he olvidado la promesa que me hice a mí mismo.

En el primer cumpleaños de Emma, ​​mientras los globos flotaban en nuestra sala y sus manitas estaban cubiertas de glaseado, concretamos la adopción. Ese mismo día, me confiaron otro bebé.

Su nombre era  Léa .

Dos chicas, un amor

Abandonada poco antes de las fiestas, envuelta en una manta frágil, observaba el mundo con una seriedad desgarradora. Cuando la abracé, algo encajó para siempre. Desde ese momento, fui madre de dos hijas.

Crecieron juntas, tan diferentes pero tan profundamente conectadas.  Emma  era audaz, espontánea y segura de sí misma.  Léa  era dulce, atenta y muy sensible. Las amaba a ambas por igual, sin comparación ni jerarquía. La misma atención, las mismas comidas, el mismo ánimo, las mismas charlas nocturnas cuando la adolescencia se volvía insoportable.

La frase que lo cambió todo

Pensé que nuestra familia era fuerte.