Sostuve mi cuerda de salvamento con ambos brazos como si fuera algo vivo.
Una gruesa manta de lana militar de color verde oliva: tan pesada que parecía una armadura, tan áspera que dejaba marcas en la piel y tan cálida que convencía al cuerpo de que aún importaba.
La había rescatado semanas atrás de un contenedor de donaciones, donde había estado tirada como basura, con las esquinas rígidas por la mugre y las fibras ásperas por el abandono.
Olía a tierra, a lluvia rancia y a desesperación.
Pero durante las últimas veintiocho noches, había sido la única barrera entre mí y ese frío que te hace dormir y no despertar.
Conocía ese frío. Lo respetaba más que a la gente.
Tenía dieciséis años, pero eso ya no significaba nada.
Dieciséis en el papel, una edad tan avanzada como la que se te pone en la mirada cuando has aprendido a no contar con nadie.
Ocho meses en la calle me habían reducido a lo básico: seguir adelante, guardar silencio, no confiar en el calor que se ofrece con demasiada facilidad.
