Nadie recordaba cuándo había empezado a ir.
Solo sabían rằng cada primer lunes del mes, a las nueve en punto de la mañana, una mujer flaca, de cabello gris recogido con una liga gastada, aparecía frente a la sucursal del Banco Nacional del Centro, en Toluca.
No llevaba bolso.
Solo una carpeta azul, vieja, con las esquinas dobladas.
—Buenos días —decía siempre, con la misma voz cansada—. Vengo a preguntar por la cuenta de mi hijo.
Los primeros meses, los cajeros la atendían por educación.
Después, por rutina.
Al final… por fastidio.
—¿Nombre del titular? —preguntaba alguien sin mirarla.
—Daniel Ortiz Ramírez —respondía ella, clara, sin titubeos.
Teclado. Pausa. Ceño fruncido.
—No existe ninguna cuenta con ese nombre, señora.
Ella asentía.
Como si ya lo supiera.
