Doña Elena Ortiz vivía en una casa de lámina en San Mateo Oxtotitlán.
Lavaba ropa ajena tres veces por semana.
Cocinaba frijoles, arroz y, si había suerte, un poco de pollo los domingos.
Daniel había sido su único hijo.
Ingeniero en sistemas.
Callado. Observador.
De esos que escuchan más de lo que hablan.
Seis años atrás, Daniel había muerto en un supuesto asalto.
Un disparo.
Caso cerrado rápido.
Demasiado rápido.
Antes de morir, le dejó una frase que Doña Elena no había entendido del todo.
—Si algún día me pasa algo… ve al banco. Pregunta por la cuenta. No te vayas aunque te digan que no existe.
Ella no entendía de bancos.
Pero entendía de promesas.
Así que iba.
Cada mes.
Hasta que un martes, algo cambió.
El nuevo gerente de sucursal, Mauricio Beltrán, la vio desde su oficina.
La reconoció al instante.
—¿Otra vez esa señora? —preguntó, molesto—. ¿Quién la dejó pasar?
—Dice que busca una cuenta —respondió la ejecutiva—. Siempre viene.
Mauricio frunció el ceño.
—Pásame el nombre.
Daniel Ortiz Ramírez.
