Doña Elena abrió su carpeta azul.
—Ahora sí —dijo—. Preguntemos bien.
El banco se congeló.
En una sala de juntas improvisada, la verdad empezó a salir, pedazo por pedazo.
Daniel Ortiz no era un simple ingeniero.
Trabajaba para una empresa subcontratada… que en realidad servía como fachada para mover dinero.
Lavado.
Desvíos.
Fondos fantasma.
Daniel lo descubrió.
Y en vez de huir, documentó todo.
Abrió una cuenta especial, con un protocolo que solo se activaba si él moría.
Dejó respaldos.
Claves.
Fechas.
Nombres.
La cuenta no “no existía”.
Existía demasiado.
Por eso la bloquearon.
Por eso intentaron enterrarla.
Por eso Daniel murió.
—¿Y por qué no lo denunció antes? —preguntó alguien.
Doña Elena levantó la mirada.
—Porque quería pruebas irrefutables. Y porque sabía que no le iban a creer… hasta que yo apareciera.
El silencio fue absoluto.
