Durante años, en el barrio de Santa María la Ribera, en la Ciudad de México, el nombre de Julián Ortega era sinónimo de vergüenza.—Ahí van los papás del borracho —decían algunos vecinos en voz baja, pero lo suficientemente fuerte para que se escuchara.
Don Ernesto y Doña Lupita caminaban siempre con la cabeza agachada. Vivían en una casa vieja, con paredes descarapeladas y un portón que ya no cerraba bien. La pensión que recibían apenas alcanzaba para comer, y aun así, cada mes llegaban cartas, llamadas, amenazas.
Deudas.
Deudas que no eran suyas.
Siete años atrás, Julián, su único hijo, había dejado la casa en medio de gritos, alcohol y promesas rotas. Se había metido en negocios turbios, fiestas interminables, apuestas, lujos que no podía pagar. Cuando desapareció, dejó atrás algo peor que la ausencia: una deuda gigantesca a nombre de la familia.
Prestamistas.
Abogados.
Gente que no tocaba la puerta… la golpeaba.
Don Ernesto vendió su camioneta.
Doña Lupita empeñó sus joyas.
Luego los muebles.
Luego la dignidad.
Aun así, no alcanzó.
Durante años, los vecinos los miraron con desprecio. Nadie les fiaba. Nadie los saludaba. En el mercado, Doña Lupita escuchaba murmullos:
—Pobres, pero bien que criaron a un desgraciado.
—Dios castiga a los padres con los hijos.
Ella apretaba los labios y seguía caminando.
