Hace siete años se fue dejando solo deudas y desprecio Siete años después volvió, y sus padres apenas podían mirarlo En ese instante, todas las burlas perdieron valor

—Seguro vienen a cobrar otra vez —murmuró alguien—. Ahora sí los van a sacar.

Don Ernesto abrió la puerta con el corazón desbocado.

—¿Don Ernesto Ortega? —preguntó uno de los hombres.

—Soy yo… —respondió, resignado.

—Venimos por Julián Ortega.

Doña Lupita se llevó la mano al pecho.

—Nuestro hijo no vive aquí —dijo con voz rota—. Hace años que no sabemos de él.

El hombre sonrió.

—Sí vive aquí. Al menos… aquí empezó todo.

Se hizo a un lado.

Y entonces apareció Julián.

Alto.
Sereno.
Con un traje impecable.
Con una mirada que ya no era la del muchacho perdido.

El silencio fue absoluto.

Doña Lupita dio un paso atrás, como si estuviera viendo un fantasma.

—¿Julián…? —susurró.

Él cayó de rodillas.

—Perdón, mamá… perdón, papá.

Las lágrimas le nublaron la vista.

—Los dejé solos… los hundí… y ustedes nunca dejaron de esperarme.

Don Ernesto no habló. Lo miró largo rato. Luego levantó la mano… y la apoyó en su hombro.

—Te tardaste siete años —dijo con voz firme—. Pero sigues siendo mi hijo.

Los vecinos observaban, incrédulos.

Esa misma semana, todo se supo.