Vendió su tierra para que su hijo tuviera un futuro, y terminó durmiendo bajo un puente Nunca reclamó, nunca acusó a nadie, solo sobrevivió en silencio Hasta que el día del homenaje, todo el auditorio se quedó sin aliento al verla subir al escenario

Días después, al volver del mercado, Doña Carmen encontró la puerta cerrada con candado nuevo. Golpeó. Llamó. Esperó. Desde adentro, Lucía habló sin abrir:
—No puede seguir aquí. Arréglelas como pueda.

Doña Carmen se quedó inmóvil, con la bolsa de verduras colgándole del brazo. No lloró. No gritó. Solo se sentó en la banqueta hasta que cayó la noche. Esa misma semana, alguien la vio dormir bajo el puente de la carretera, cerca del río Atoyac, envuelta en un rebozo delgado, compartiendo pan duro con otros olvidados.

Así pasaron meses.

Doña Carmen sobrevivía vendiendo dulces a los automovilistas, recogiendo botellas, rezando en silencio. Nunca habló mal de su hijo. Nunca buscó a Roberto. “Ha de estar ocupado”, decía cuando alguien se atrevía a preguntarle. “Trabajando para su familia”.

El invierno fue cruel. Las lluvias heladas calaban los huesos. Una noche, Doña Carmen se desmayó. Al amanecer, una brigada ciudadana la encontró temblando, con fiebre. La llevaron a un albergue. Nadie sabía quién era. Nadie sabía lo que había hecho.

Hasta que una trabajadora social, joven y terca, revisó viejos archivos municipales por una corazonada. Encontró un nombre en una lista de donantes de educación comunitaria: Carmen S