Una viuda llevó a una niña apache moribunda a su cabaña, sin saber que al salvarla estaba cobijando a la hija del guerrero más temido y cambiando sus destinos para siempre. Hola, mi querido amigo. Soy Ricardo Rodríguez, el narrador de sueños y destinos. Antes de comenzar, te invito a suscribirte a nuestro canal y cuéntame desde qué ciudad nos estás viendo.
Un fuerte abrazo y disfruta la historia. En el territorio de Arizona en el año de 1875, cuando el sol caía sobre la tierra seca como un castigo sin término. Elena Cortés vivía en una pequeña hacienda que alguna vez había sido próspera. Las grietas en el suelo se extendían como cicatrices viejas profundas, y el ganado que quedaba apenas levantaba la cabeza cuando ella pasaba con el cubo de agua tibia que sacaba del pozo.
La sequía había llegado 3 años atrás y no se iba. Primero se llevó las cosechas, luego los animales empezaron a morir uno tras otro bajo el sol implacable y después, como si no fuera suficiente, se llevó también a Miguel. Su marido había muerto de fiebre en marzo, 6 meses antes, dejándola sola con una propiedad arruinada y deudas que crecían cada semana en el almacén del pueblo.
Elena tenía 32 años, pero se sentía más vieja. El espejo le devolvía una mujer delgada, con la piel curtida por el viento y las manos ásperas de quien trabaja sin descanso. Había perdido peso, había perdido el sueño, y más profundo que todo eso, había perdido la esperanza de tener alguna vez la familia que había soñado.
Durante los primeros años de matrimonio, había imaginado niños corriendo entre los corrales, voces llenando la casa vacía, risas quebrando el silencio pesado de las tardes. Pero los hijos nunca llegaron. Miguel no hablaba de eso. Elena tampoco. El tema se quedó guardado entre ellos como algo roto que ninguno sabía cómo reparar. Ahora, sola en aquella tierra agrietada, Elena se levantaba cada mañana porque el cuerpo tenía la costumbre de hacerlo.

Alimentaba a las gallinas que quedaban, revisaba las cercas rotas, sacaba agua del pozo. No era vida, era apenas el hábito de sobrevivir. En el pueblo vecino, a 5 millas de distancia, la gente la miraba con una mezcla de lástima y distancia. Algunas mujeres le llevaban pan de vez en cuando, pero nadie se quedaba mucho tiempo.
