La viuda adoptó a una niña apache perdida, sin saber que era hija del guerrero más temido.

Elena había escuchado sus conversas durante años, esas palabras llenas de miedo y odio contra los apaches. Nunca había dicho nada, nunca había pensado mucho en ello. Los apaches eran algo lejano, una amenaza que otros nombraban, pero que ella no conocía. Había aceptado en silencio la idea de que eran enemigos. Porque así lo decían todos.

El pueblo se llamaba San Rafael y tenía una calle principal de tierra, una tienda, una cantina, una iglesia pequeña con un campanario torcido. El sherifff era un hombre llamado Carter, ambicioso y de ojos fríos. Elena lo evitaba cuando podía. Había algo en su manera de mirar que la hacía sentir incómoda, como si estuviera midiendo el valor de las cosas para ver qué podía sacar de ellas.

Una tarde de septiembre, el cielo se oscureció de golpe. El viento llegó primero, levantando nubes de polvo que raspaban la piel y hacían arder los ojos. Elena corrió a cerrar las ventanas de la casa, pero el viento era más fuerte que sus manos. Las cortinas volaron hacia adentro, los platos cayeron de la mesa, la puerta del corral se abrió de golpe.

Afuera el mundo se volvió gris, denso, imposible de ver. La tormenta de polvo duró menos de una hora, pero cuando terminó, dejó todo cubierto de una capa fina de tierra que se metía en la boca, en los ojos, en cada rincón de la casa. Cuando el aire se aclaró, Elena salió a revisar los daños. Ramas caídas, la cerca del gallinero torcida, uno de los postes del corral arrancado de raíz.

Caminó despacio con el pañuelo todavía cubriéndole la nariz, evaluando lo que tendría que reparar sola. Fue cerca del lecho seco del río, donde antes corría agua en los meses buenos que la encontró. Una niña pequeña caída entre las piedras y la maleza, con el cuerpo inmóvil y la ropa desgarrada. Elena se detuvo en seco, el corazón golpeándole en el pecho.

Durante un segundo pensó que estaba muerta, pero luego vio el movimiento débil de su pecho al respirar. se arrodilló despacio, las rodillas hundiéndose en la tierra mojada por el viento. La niña tenía tal vez cinco o se años, el pelo negro enredado con espinas, el rostro cubierto de polvo y sangre seca. Tenía una herida profunda en la pierna, hinchada e infectada, los labios agrietados, los ojos cerrados, hundidos en las cuencas.