Elena extendió una mano temblorosa y tocó su frente. Ardía. miró alrededor buscando señales de alguien más, huellas, rastros, algo. Pero solo había marcas confusas en la tierra, pisadas que el viento había medio borrado, ramas quebradas, no había adultos cerca, no había señales recientes de un campamento. Por las huellas dispersas, Elena entendió que un grupo había pasado por ahí, probablemente huyendo o perseguido, y esta niña se había quedado atrás.
La niña era apache. Elena lo supo por la ropa, por las cuentas pequeñas que todavía colgaban de su muñeca, por el corte de su cabello. Y en ese momento, arrodillada en el lodo con el cuerpo pequeño y roto frente a ella, sintió algo quebrarse dentro de su pecho. Supo que si la dejaba ahí, la niña moriría antes del anochecer.
recordó las conversaciones del pueblo, las advertencias. Los apaches no son como nosotros, son salvajes, no tienen alma. Si ayudas a uno, traerás la desgracia a tu puerta. Recordó a don Esteban el herrero, diciendo que los indios solo sabían matar y robar, que no había compasión posible con ellos. Recordó al padre Tomás en uno de sus sermones hablando de la importancia de proteger a los suyos antes que a los extraños.
Y recordó también, con una claridad que le dolió a un hijo que nunca tuvo, a los brazos vacíos, a las noches sin el llanto de un bebé, a la casa silenciosa que la esperaba cada tarde. Elena respiró hondo, las manos le temblaban. Sabía que esta decisión no tenía vuelta atrás. Sabía que acoger a esta niña significaba ponerse contra la opinión de todos.
Significaba hacerse preguntas que había evitado durante años. Pero el impulso de protegerla, de levantarla del barro y llevarla a un lugar seguro fue más fuerte que el miedo. Deslizó los brazos bajo el cuerpo pequeño y lo levantó con cuidado. La niña pesaba menos de lo que debería. Elena sintió los huesos frágiles bajo la piel, apretó a la niña contra su pecho y empezó a caminar hacia la casa.
Cada paso firme, cada paso una elección. Adentro limpió la herida de la pierna con agua tibia y un trapo limpio. La niña gimió, pero no abrió los ojos. Elena improvisó vendajes con tela vieja. Le dio agua de a poco, mojándole los labios con los dedos, hasta que la niña empezó a tragar. Preparó una cama en el cuarto de atrás, el que había imaginado alguna vez como la habitación de un hijo.
Acostó a la niña ahí, cubrió su cuerpo tembloroso con una manta de lana y se sentó a su lado mientras la luz del día se apagaba lentamente detrás de las montañas. La niña lloraba en sueños. Nombraba palabras en una lengua que Elena no entendía. Se aferraba a la manta como si fuera lo único sólido en un mundo que se derrumbaba. Elena le acarició el pelo con torpeza, sin saber qué más hacer, sintiendo en su propio cuerpo el peso de una responsabilidad nueva y pesada.
Esa noche Elena no durmió. se quedó sentada junto a la cama vigilando la respiración irregular de la niña, preparando más agua, cambiando los trapos mojados en su frente. Y mientras el silencio de la casa la rodeaba, se preguntó qué había hecho y qué vendría después. Al amanecer, la fiebre había bajado un poco.
La niña abrió los ojos por primera vez, asustada, y trató de levantarse. Elena le habló con voz suave, sin entender sus propias palabras, solo tratando de calmarla. La niña la miró con desconfianza, los ojos negros llenos de miedo y confusión. Elena le ofreció agua. La niña bebió despacio, sin apartar la mirada. No había forma de comunicarse con palabras.
