Algunos comerciantes contaban que águila negra interrogaba a cualquiera que cruzara su camino, exigiendo información, castigando a quienes mentían. Elena escuchó estas historias con un miedo creciente. Miró a Rosa jugando tranquilamente en el patio y se preguntó si esa niña perdida que buscaba el guerrero podría ser ella.
No había forma de saberlo. Rosa era muy pequeña cuando la encontró. No podía preguntar. No tenía manera de confirmar nada. En el pueblo los rumores sobre águila negra aumentaron el miedo y el resentimiento. La presencia de Rosa en casa de Elena se volvió un tema de conversación constante. Las mujeres decían que era cuestión de tiempo antes de que los apaches vinieran.
Los hombres hablaban de la necesidad de tomar medidas preventivas. El sheriff Carter escuchaba todo con atención. Elena lo vio una tarde observándola desde la sombra de la cantina mientras ella pasaba con la carreta. Había algo calculado en su mirada, algo que la hizo sentir incómoda. Carter era conocido por su ambición.
Quería más poder, más reconocimiento, más tierras. Y Elena empezó a sospechar que veía en Rosa una oportunidad. Una noche, don Antonio, un ranchero mayor que vivía cerca, visitó la casa de Elena. Era uno de los pocos que todavía le hablaba con respeto. Elena dijo quitándose el sombrero. Vine a advertirte. Carter está planeando algo.
Ha estado hablando con los hombres del pueblo, organizando reuniones. Dice que la niña que tienes es peligrosa, que traerá problemas. está convenciendo a la gente de que debe ser entregada al fuerte. Al fuerte. Elena sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Dice que los soldados sabrán qué hacer con ella, pero yo conozco a Carter.
No le importa la niña. Le importa quedar bien con el comandante del fuerte. Quiere favores, tierras, influencia. No dejaré que se la lleven, dijo Elena con más firmeza de la que sentía. Don Antonio la miró con tristeza. Eres solo una mujer, Elena, y estás sola. Si Carter quiere llevarse a la niña, no podrás detenerlo.
Después de que don Antonio se fue, Elena se quedó sentada en el porche mirando las estrellas. Rosa salió y se sentó a su lado sin decir nada. Después de un rato, apoyó su cabeza en el hombro de Elena. “No dejaré que te lleven”, susurró Elena. Aunque sabía que Rosa no entendería todas las palabras, “Eres mía ahora y yo soy tuya.
” Rosa no respondió, pero su mano pequeña encontró la de Elena y la apretó con fuerza. Al día siguiente, Elena empezó a prepararse. No sabía exactamente para qué, pero sabía que algo vendría. revisó las provisiones, verificó las rutas de escape hacia las montañas, guardó agua extra, comida seca, mantas. Si tenían que huir, estarían listas. Pero en el fondo sabía que huir no resolvería nada, solo retrasaría lo inevitable.
Una semana después llegaron los primeros signos de que algo estaba cambiando. Elena encontró huellas cerca de su propiedad, marcas que no reconocía. Alguien había estado observando la casa. No sabía si eran del pueblo o de otra parte, pero la hizo sentir vigilada, vulnerable. Rosa también lo notó.
se volvió más cautelosa, mirando hacia las montañas con frecuencia, como si esperara ver algo. Una tarde señaló hacia el horizonte y dijo una palabra en apache que Elena no conocía, pero el tono era claro. Advertencia. Esa noche Elena no apagó las velas. se quedó despierta, sentada junto a la ventana con el rifle en las rodillas, escuchando cada sonido, el viento en los árboles, el crujido de la madera, el ladrido lejano de un coyote.
No pasó nada esa noche, ni la siguiente, pero la tensión crecía espesa y pesada, como el aire antes de una tormenta. Y Elena sabía, con una certeza fría y dura que cuando esa tormenta llegara cambiaría todo. El sherifff Carter llegó en una mañana de octubre, cuando el sol apenas empezaba a calentar la tierra.
traía consigo a dos hombres ayudantes que Elena reconoció del pueblo. Uno era Javier, el hijo del herrero. El otro era un hombre mayor llamado Tomás, que trabajaba para Carter haciendo trabajos sucios que nadie más quería hacer. Elena los vio llegar desde el porche. Su corazón se aceleró. Rosa estaba adentro ayudando a preparar el desayuno.
Elena se puso de pie limpiándose las manos en el delantal, tratando de parecer más tranquila de lo que se sentía. “Buenos días, señora Cortés”, dijo Carter desmontando de su caballo con movimientos lentos y deliberados. Su voz era suave, casi amable, pero sus ojos eran fríos. “Espero no molestarla. ¿Qué quiere, Sheriff?”, preguntó Elena, manteniéndose firme en el porche. “Solo vine a hablar.
