Elena miró hacia adentro, donde Rosa estaba sentada junto al fuego, mirando las llamas. No puedo dejar que se la lleven. Lo sé, pero tampoco puedes detenerlo sola. Después de que don Antonio se fue, Elena se quedó de pie en el porche, mirando las montañas oscuras en la distancia. Sabía lo que tenía que hacer. Era arriesgado.
Era probablemente una locura, pero no tenía otras opciones. Entró a la casa, se arrodilló frente a Rosa y la miró a los ojos. “Necesito que me escuches”, dijo despacio. “Mañana van a venir hombres malos. Van a querer llevarte. No voy a dejar que lo hagan, ¿entiendes? Rosa asintió lentamente, los ojos muy abiertos. Voy a protegerte.
Pase lo que pase, voy a protegerte. Rosa se acercó y abrazó a Elena con fuerza. Elena cerró los ojos, sintiendo el peso pequeño y cálido contra su pecho, y supo que haría cualquier cosa por mantener a esta niña a salvo. Cualquier cosa. Esa noche Elena no durmió. se quedó sentada junto a la ventana, el rifle cargado en sus rodillas esperando el amanecer.
Cuando llegó la mañana, Elena ya tenía un plan. No era un buen plan, probablemente era un plan terrible, pero era lo único que tenía. se vistió con su mejor ropa, la que guardaba para ocasiones especiales. Se peinó el cabello y se lo recogió en un moño firme. Le dijo a Rosa que se quedara dentro de la casa, que no saliera sin importar qué pasara.
Rosa obedeció, asustada, pero confiada. Elena montó su caballo y cabalgó hacia el pueblo. El sol estaba alto cuando llegó a la plaza principal. Era día de mercado y había gente por todas partes, mujeres comprando verduras, hombres hablando en grupos, niños corriendo entre los puestos. Elena desmontó frente a la oficina del sherifff.
Carter estaba adentro, sentado detrás de su escritorio revisando papeles. Levantó la vista cuando ella entró. “Señora Cortés”, dijo sorprendido. “No esperaba verla aquí. Vine a hablar”, dijo Elena, manteniendo la voz firme. Sobre la niña. Carter sonrió. Cambió de opinión. “Quiero que sepa algo.
” Continuó Elena ignorando la pregunta. “Esa niña Rosa se queda conmigo. No la entregaré ni a usted, ni al fuerte, ni a nadie.” La sonrisa de Carter se desvaneció. Eso es desafortunado. “Pero también quiero que sepa.” Continuó Elena hablando más fuerte. Ahora que si usted o sus hombres vienen a mi casa, no seré la única esperándolos.
Carter se puso de pie lentamente. ¿Qué quiere decir? Quiero decir que hay alguien más buscando a esa niña, alguien mucho más peligroso que usted. Y si Rosa es su hija, él sabrá si algo le pasa y vendrá por usted. Era un engaño. Elena no sabía si Águila Negra sabía dónde estaba Rosa. No sabía si Rosa era realmente su hija, pero necesitaba que Carter lo creyera.
Necesitaba sembrar duda. Los ojos de Carter se entrecerraron. me está amenazando. Estoy advirtiéndole, hay cosas más grandes que usted y yo en juego aquí. Y si es inteligente, dejará las cosas como están. Salió de la oficina antes de que Carter pudiera responder. Afuera, algunas personas la miraban con curiosidad.
Elena subió a su caballo y cabalgó de regreso, el corazón latiendo con fuerza. No sabía si había funcionado, probablemente no, pero al menos había intentado algo. Cuando llegó a casa, encontró a Rosa exactamente donde la había dejado, sentada en el suelo junto a la chimenea. Elena se arrodilló a su lado y la abrazó. Todo estará bien”, susurró, aunque no estaba segura de creerlo.
Pasó el resto del día preparándose, cargó el rifle, llenó cubos de agua, cerró las ventanas con tablones. Si Carter venía, al menos tendría que hacer un esfuerzo para entrar. Al anochecer, escuchó los caballos, muchos caballos. Elena miró por la ventana y vio a Carter acercándose con al menos 10 hombres. Traían antorchas, rifles, expresiones duras.
Elena tomó el rifle y salió al porche. Rosa se quedó adentro, escondida en el cuarto de atrás, como Elena le había indicado. “Señora Cortés”, gritó Carter desde su caballo. “Esta es su última oportunidad. Entregue a la niña y no habrá problemas.” “¡No!”, gritó Elena de vuelta. “No se la llevarán. Entonces lo haremos por la fuerza.
Carter hizo una señal. Dos hombres desmontaron y empezaron a acercarse a la casa. Elena levantó el rifle apuntando al primero. “Den un paso más y disparo.” Los hombres se detuvieron mirando a Carter. El sherifffía irritado. “¿De verdad va a disparar, señora Cortés? ¿Va a matar a un hombre por una salvaje?” No es una salvaje, dijo Elena, la voz temblando pero firme.
Es una niña y es mía. Está loca, murmuró uno de los hombres. Carter suspiró. Muy bien, si quiere hacerlo difícil. Pero antes de que pudiera terminar la frase, hubo un grito desde el camino. Todos se volvieron. Una figura emergió de la oscuridad montada en un caballo oscuro, seguida por varias otras. Apaches.
El grupo se detuvo a unos 20 m de la casa. En el frente iba un hombre alto con el cabello largo y la postura de alguien acostumbrado a mandar. Sus ojos barrieron el escenario. Carter y sus hombres. Elena en el porche con el rifle. La casa detrás de ella. Águila negra. susurró alguien. El guerrero habló en apache, su voz clara y fuerte.
Elena no entendió las palabras, pero el tono era inconfundible. Advertencia. Carter palideció. Retírense, ordenó a sus hombres despacio, sin hacer movimientos bruscos. Los hombres obedecieron, montando sus caballos y alejándose lentamente. Carter fue el último en irse, mirando a Elena con una mezcla de rabia y miedo. “Esto no termina aquí”, dijo en voz baja. Pero Elena no lo escuchaba.
Miraba al guerrero Apache, el hombre del que había oído tantas historias. Águila Negra la miraba de vuelta evaluándola. Después de un largo silencio, el guerrero desmontó. Caminó hacia la casa con pasos lentos. Elena bajó el rifle, pero no lo soltó. Sus manos temblaban. Águila negra se detuvo al pie del porche. Dijo algo en apache.
Elena negó con la cabeza. No entiendo. El guerrero probó en español entrecortado. Niña, mi hija está aquí. No era una pregunta, era una afirmación. Elena tragó saliva. Está dentro. está a salvo. Quiero verla. Elena asintió lentamente, se volvió y llamó. Rosa, ven. Hubo una pausa. Luego Rosa apareció en la puerta asustada, aferrándose al marco.
Cuando vio al guerrero, sus ojos se abrieron enormes. Dijo algo en apache, una palabra que Elena no conocía. Águila Negra dio un paso adelante. Su rostro, duro y cerrado un momento antes, se suavizó. Respondió en apache, su voz quebrándose. Rosa corrió hacia él, bajando los escalones, lanzándose a sus brazos.
