Millonaria fue a la casa del empleado sin avisar… y lo que descubrió le cambió la vida

Laura bajó del coche con su traje a la medida y su reloj suizo brillando al sol. Se sintió fuera de lugar, pero lo disimuló levantando la barbilla y caminando con paso firme. Llegó hasta una vivienda azul desteñida, con una puerta de madera agrietada y el número 847 apenas visible.

Golpeó con fuerza.
Silencio.
Luego, voces infantiles, pasos apresurados, el llanto de un bebé.
La puerta se abrió lentamente.

El hombre que apareció no era el Carlos impecable que ella veía cada mañana en la oficina. Sujetando a un bebé con un brazo, vestido con una camiseta vieja y un delantal manchado, el cabello revuelto y profundas ojeras marcándole el rostro, Carlos se quedó paralizado al verla.

—¿Señora Mendoza…? —su voz fue un hilo de miedo.

—Vine a ver por qué mi oficina está sucia hoy, Carlos —dijo ella con una frialdad que cortaba el aire.

Laura intentó entrar, pero él bloqueó el paso instintivamente. En ese momento, un grito desgarrador de un niño rompió la tensión. Sin pedir permiso, Laura empujó la puerta.

El interior olía a sopa de frijoles y a humedad. En un rincón, sobre un colchón viejo, un niño de apenas seis años tiritaba bajo una manta delgada.
Pero lo que hizo que el corazón de Laura —ese órgano que ella creía hecho de puro cálculo— se detuviera, fue lo que vio en la mesa del comedor.

Allí, rodeada de libros de medicina y frascos vacíos, había una fotografía enmarcada. Era una foto de su propio hermano, Daniel, quien había muerto en un trágico accidente hacía quince años.
Al lado de la foto, un colgante de oro que Laura reconoció de inmediato: la reliquia familiar que desapareció el día del entierro.

—¿De dónde sacaste esto? —rugió Laura, tomando el colgante con manos temblorosas.

Carlos cayó de rodillas, llorando amargamente.

—No lo robé, señora. Daniel me lo dio antes de morir. Él era mi mejor amigo… mi hermano de alma. Yo fui el enfermero que lo cuidó en sus últimos meses en secreto, porque su familia no quería que nadie supiera de su enfermedad. Me pidió que cuidara de su hijo si algo pasaba… pero cuando murió, me amenazaron para que desapareciera.

El mundo dio vueltas.

Laura miró al niño en el colchón. Tenía los mismos ojos de Daniel. La misma expresión al dormir.

—¿Él… es el hijo de mi hermano? —susurró, arrodillándose junto al pequeño que ardía en fiebre.

—Sí, señora. El hijo que su familia ignoró por orgullo. He trabajado limpiando sus oficinas solo para estar cerca de usted, esperando el momento de decir la verdad… pero tenía miedo de que me lo quitaran.
Las emergencias… son porque él sufre la misma condición que su padre. No tengo dinero para las medicinas.

Laura Mendoza, la mujer que nunca se permitía llorar, se dejó caer junto al colchón. Tomó la pequeña mano del niño y sintió un lazo que ningún contrato ni rascacielos podría igualar.