Nadie entendía las leñas puntiagudas en el techo. Hasta que llegó el invierno y consuelo montes de oca despertaba curiosidad y susurros maliciosos por toda la vecindad de Arteaga en el interior de Coahuila. Durante semanas, la mujer de 58 años había colocado decenas de leñas puntiagudas en su techo, dispuestas como espinas amenazadoras que hacían su casa parecer un animal salvaje defendiéndose.
Fue en la mañana helada de noviembre que doña Socorro, su vecina desde hacía más de 20 años, tocó a su puerta con el rostro rojo de indignación. Consuelo abrió despacio, ya esperando otra queja más sobre las leñas que decoraban su techo como una cerca medieval. Consuelo, por el amor de Dios, ¿qué es toda esta locura en tu techo? Disparó Socorro, señalando las decenas de estacas puntiagudas que se alzaban de la casa como dientes de sierra.
El cartero ya dijo que no va a entregar más tus cartas porque tiene miedo de llevarse una leñada en la cabeza. Consuelo suspiró y se ajustó más el rebozo de lana alrededor de los hombros. El viento frío de la mañana le cortaba la piel a través de la ropa sencilla de algodón. Buenos días para usted también, socorro. ¿Quiere pasar a tomar un café? No quiero café. Quiero una explicación.
Todo mundo aquí en la colonia está diciendo que usted enloqueció después de que Manuel partió. Esto no es normal, Consuelo. La gente normal no hace estas cosas extrañas. El nombre del marido fallecido hizo que Consuelo apretara sus manos una contra otra. Manuel había partido hacía dos años, dejándola sola en aquella casa de madera que construyeron juntos, tabla por tabla, cuando eran jóvenes y llenos de sueños.
Las leñas se quedan donde yo quiero que se quede en socorro. Es mi casa, mi propiedad. Su propiedad. Socorro, río con desprecio. Usted sabe muy bien que el ayuntamiento puede tomar medidas contra construcciones irregulares. Y otra cosa, mi nieta pequeña tiene miedo de pasar aquí enfrente. Parece casa de bruja. Consuelo sintió que el pecho se le apretaba.

Durante toda la vida había sido respetada en la comunidad. Manuel era conocido como uno de los mejores carpinteros de la región y ella siempre había ayudado en las fiestas de la parroquia, en los bazares de caridad y en las campañas solidarias. Ahora era vista como la loca de las leñas puntiagudas. No soy bruja, socorro, y no estoy loca.
