Nadie sabía que aquella mujer había buscado a su hijo durante veinte años Tampoco sabían que el joven dueño vivía vacío entre riquezas Hasta que el amor de madre se encontró a sí mismo, antes que la verdad

En la zona más elegante de San Pedro Garza García, Nuevo León, donde las casas parecían más grandes que los recuerdos de la gente que vivía dentro, Julián Montoya era conocido como un joven exitoso.
Empresario, educado, impecable en su forma de hablar y vestir.
Heredero de una fortuna que muchos envidiaban y pocos comprendían.Pero había algo que Julián nunca podía explicar del todo:

una sensación constante de vacío, como si su vida hubiera comenzado en un punto intermedio y no desde el principio.

Él sabía que era adoptado.
Se lo dijeron cuando tenía diez años, con palabras suaves y regalos caros para amortiguar la verdad.
Nunca preguntó demasiado.
Quizás porque, en el fondo, tenía miedo de las respuestas.

Muy lejos de esos muros altos y jardines perfectos, en un barrio antiguo de Monterrey, vivía Rosaura López.
Una mujer de manos ásperas, espalda encorvada y mirada cansada.

Veinte años atrás, Rosaura había sido madre soltera.
Trabajaba limpiando casas, cocinando para otros, haciendo lo imposible para mantener a su hijo pequeño, Emilio.