Nadie sabía que aquella mujer había buscado a su hijo durante veinte años Tampoco sabían que el joven dueño vivía vacío entre riquezas Hasta que el amor de madre se encontró a sí mismo, antes que la verdad
Una tarde, durante una fiesta patronal abarrotada, cometió el error que marcaría su vida.
Soltó la mano de su hijo para atender a una clienta.
Cuando volvió a mirar…
Emilio ya no estaba.
Gritó hasta quedarse sin voz.
Buscó durante días, meses, años.
Vendió lo poco que tenía, recorrió hospitales, albergues, estaciones de policía.
Nunca lo encontró.
Con el tiempo, la gente dejó de escucharla.
La vida siguió.
La de ella, no.

A los cincuenta y tantos años, Rosaura ya no soñaba.
Solo sobrevivía.
Un día vio un anuncio pegado en una reja elegante:
“Se solicita personal de limpieza y asistencia doméstica. Buen sueldo.”
No preguntó demasiado.
Solo necesitaba trabajo.
La mansión de los Montoya la intimidó desde el primer paso.
Pisos brillantes, cuadros caros, silencio de gente que no necesita hablar fuerte.
La recibió Julián en persona.
—Buscamos a alguien de confianza —dijo él, con voz amable pero distante—. Alguien que se quede fijo.