Rosaura levantó la mirada…
y sintió que el corazón se le detenía.
Ese rostro.
Esa forma de fruncir el ceño al pensar.
No sabía cómo.
No sabía por qué.
Pero lo supo.
—Sí, joven —respondió, bajando la cabeza—. Yo puedo.
Julián la contrató sin imaginar que acababa de abrir la puerta a su propia historia.
El amor que nace sin nombre
Desde el primer día, Rosaura cuidó la casa como si fuera un templo.
Pero, sobre todo, cuidó a Julián.
Le preparaba el desayuno exactamente como a Emilio le gustaba cuando era niño, sin saber por qué.
Le acomodaba el saco antes de salir.
Se preocupaba si regresaba tarde.
—No tiene que hacer tanto, Rosaura —decía él a veces, sonriendo.
—Es costumbre —respondía ella.
Julián empezó a sentir algo extraño.
Una calma que no tenía con nadie más.
Un hogar que no venía de las paredes, sino de esa mujer silenciosa.
Cuando enfermó por primera vez en años, fue Rosaura quien pasó la noche despierta, cambiando paños, hablándole bajito.
—Descanse, mijo… —susurró, sin darse cuenta.
Julián abrió los ojos.
—¿Dijo algo?
Rosaura se quedó helada.
—No… nada… cosas de viejas —mintió, con una sonrisa temblorosa.
