Nadie sabía que aquella mujer había buscado a su hijo durante veinte años Tampoco sabían que el joven dueño vivía vacío entre riquezas Hasta que el amor de madre se encontró a sí mismo, antes que la verdad

Con el paso de los meses, Julián empezó a preguntarse cosas.
Rosaura sabía cuándo estaba triste sin que él dijera una palabra.
Reconocía sus silencios.
Sus miedos.

Una tarde, encontró a Rosaura mirando una foto suya de niño, una de las pocas que conservaba de su infancia adoptiva.

Ella lloraba en silencio.

—¿Por qué le importa tanto esa foto? —preguntó él, con suavidad.

Rosaura limpió sus lágrimas de inmediato.

—Porque… me recuerda a alguien que perdí.

Julián sintió un nudo en la garganta.

—Yo también perdí a alguien —respondió—. Aunque nunca supe a quién.

Sus miradas se cruzaron.
El aire se volvió pesado.

El detonante llegó una noche cualquiera.
Julián se cortó la mano en la cocina.
Rosaura corrió a ayudarlo.

Al tomarle la muñeca, vio algo que había esperado y temido durante dos décadas:
una pequeña cicatriz en forma de media luna.

La misma.
La que Emilio se hizo al caer de la cama cuando tenía tres años.

Rosaura sintió que las piernas le fallaban.

—¿Está bien? —preguntó Julián, notando su palidez.

Rosaura no pudo más.
Las palabras salieron solas.

—Porque yo te parí —dijo, entre sollozos—.
Porque te busqué toda mi vida.
Porque eres mi hijo.

El silencio fue brutal.

Julián dio un paso atrás.

—Eso… eso no puede ser…

Rosaura asintió lentamente.

—No te pido nada.
No quiero tu apellido.
Ni tu dinero.
Solo quería verte bien… aunque fuera de lejos.