Los registros parroquiales de São Bento do Sapucaí, Brasil, guardan un secreto contradictorio sobre el 15 de agosto de 1885. El libro oficial anota escuetamente una “Ceremonia de bendición matrimonial entre Leonor Vasconcelos Meirelles y Sebastião Liberto”. Sin embargo, las cartas privadas del padre Mateus, descubiertas en 1923, pintan un cuadro radicalmente distinto: “Dios me perdone por lo que presencié. No fue una boda, fue una venta disfrazada de sacramento”.
La historia comienza en la Fazenda Santa Vitória, tres leguas de tierra cafetera en el Valle de Paraíba, comandada desde 1850 por el coronel Antônio Vasconcelos Meirelles. Hombre de pocas palabras, viudo y temido, el coronel dedicaba su vida a dos cosas: la administración de su plantación y la educación de su única hija.
Leonor nació en 1862. Su madre murió en el parto, y la niña creció con una condición que marcaría su destino: su estatura era la de una niña. A los 20 años, no superaba la altura del pecho de un hombre común. Esta condición física, sin embargo, contrastaba agudamente con su interior. El coronel le había proporcionado la mejor educación; Mademoiselle Bert, una institutriz francesa, le enseñó idiomas, música y literatura. Leonor leía a Balzac en su idioma original y tocaba Chopin con una perfección que dejaba sin aliento. Era culta, inteligente y sensible.

Pero en los salones de la élite rural, su intelecto era invisible. Los visitantes solo veían su diminuto tamaño, tratándola con una mezcla incómoda de condescendencia y curiosidad.
