Leonor confirmó. “Padre”, le dijo a Mateus, “Sebastião es el único que me trata como una mujer, no como un defecto”.
La ceremonia se fijó para el 15 de agosto de 1885. El coronel construyó una capilla pequeña lejos de miradas curiosas. Momentos antes, Sebastião recibió su carta de libertad, un documento que incluía una cláusula: debía permanecer en la propiedad mientras viviera, cuidando de su esposa.
La ceremonia fue breve y tensa. Leonor llevaba un vestido blanco simple. Sebastião, un traje prestado del coronel. Los pocos invitados, en su mayoría agregados, observaban en un silencio constreñido. No hubo fiesta ni música. Tras la bendición final, el coronel se volvió hacia su nuevo yerno: “Está hecho, Sebastião. Puedes llevarla. Es tuya”.
Para sorpresa de todos, el matrimonio fue armonioso. Sebastião la trataba con una gentileza que ella nunca había conocido. Leía para ella, la acompañaba en paseos, y Leonor, por primera vez, encontró la paz. La región, por supuesto, estaba escandalizada.
Tres meses después, Leonor descubrió que estaba embarazada. La noticia trajo alegría, pero también una crisis legal: ¿qué estatus tendría el hijo de una dama de la élite y un exesclavo?
