Un millonario viudo ayudó a una señora de la limpieza que se había desplomado en su portón… y sus hijos dijeron la verdad.

Mauricio Santillán frenó en seco cuando vio el cuerpo en el suelo.

Por un segundo, no entendió lo que estaba mirando. La noche caía sobre Las Lomas de Chapultepec, y el portón de su mansión brillaba con esa frialdad de metal caro. Sobre las losas de piedra, inmóvil, estaba Clarisa Reyes, la nueva empleada de limpieza. Tenía el rostro pálido, el cabello pegado a la frente por el sudor, y una respiración tan débil que parecía un hilo a punto de romperse.

A un lado, sus hijos —los gemelos— gritaban como si el mundo se estuviera acabando.

—¡Papá, despiértala! ¡Papá, por favor!

Mauricio soltó el maletín, se arrodilló y tomó el hombro de Clarisa.

—Señorita… Clarisa… ¿me escucha?

Nada.


Los niños lloraban y temblaban, y esa desesperación le perforó el pecho con una culpa extraña. No era el miedo de perder a una empleada. Era otra cosa, más profunda, más incómoda: la sensación de que estaba viendo a su familia desmoronarse otra vez.

No pensó. Actuó.