Un millonario viudo ayudó a una señora de la limpieza que se había desplomado en su portón… y sus hijos dijeron la verdad.
La alzó con cuidado, como si fuera de cristal, y corrió al coche. Los gemelos se subieron detrás, hechos un nudo de sollozos.
—¿Se va a morir? —preguntó uno con voz finita.
Mauricio apretó el volante. No respondió porque no sabía. Solo arrancó.
El camino al hospital fue una eternidad. Miraba el espejo cada cinco segundos para comprobar que Clarisa respiraba. Sus manos sudaban. El aire acondicionado estaba al máximo, pero él sentía calor… ese calor que nace del pánico.
Y en medio de esa carrera, una pregunta le golpeó con fuerza:
¿Por qué mis hijos lloran así por ella?
Su esposa, Valeria, había muerto dos años atrás. Y aunque la ausencia había sido un terremoto, los gemelos se habían callado el dolor con la forma silenciosa de los niños: jugando, comiendo, obedeciendo… como si portaran el duelo en una mochila invisible. Pero esa noche, frente a Clarisa desmayada, los dos gritaban como si hubieran vuelto a perder a su mamá.
Mauricio estacionó casi chocando con la banqueta. Entró corriendo a urgencias con Clarisa en brazos.
—¡Ayuda, por favor! ¡Se desmayó!
Las enfermeras llegaron con camilla. Preguntas rápidas. Respuestas nulas.
—No lo sé… la encontré así en mi casa —dijo Mauricio, jadeando.
Las puertas de vidrio esmerilado se cerraron. Y él quedó en el pasillo con los gemelos aferrados a sus piernas, uno a cada lado, como dos anclas.
—Va a estar bien —mintió, o rezó, no supo cuál—. Se los prometo.
Ellos se calmaron un poco, pero no lo soltaron. Como si temieran perderlo a él también.
Mauricio miró su reloj: pasaban de las siete. Tenía cuarenta mensajes de trabajo sin leer. Una junta con inversionistas a las ocho. Un contrato millonario a punto de firmarse. Y, sin embargo, por primera vez en años, todo eso le pareció ridículo.
Marcó a la gobernanta, Doña Nélida, una mujer mayor que manejaba la casa como un pequeño ejército.
—Doña Nélida, Clarisa se desmayó en la entrada. Estoy en el hospital.
Hubo un silencio largo. Demasiado largo.
—Señor Mauricio… tengo que decirle algo —susurró ella al fin, temblando—. Clarisa no estaba bien desde hace días. Se desmayó dos veces aquí… una en la lavandería y otra en la cocina. Le dije que fuera al médico, pero… decía que no tenía dinero.
A Mauricio se le tensó la mandíbula.
—¿Y por qué demonios no me lo dijo?
—Yo… pensé que era cansancio… trabaja muchísimo… cuida a los niños todo el día… —balbuceó Doña Nélida—. Yo… le di unas pastillas de presión que tomo yo…
Mauricio colgó sin despedirse. Se le subió la rabia como fuego, pero la rabia tenía nombre: culpa.
Se giró hacia los gemelos.