Un millonario viudo ayudó a una señora de la limpieza que se había desplomado en su portón… y sus hijos dijeron la verdad.

—¿Ustedes pasan todo el día con Clarisa?

Los dos asintieron con fuerza.

—Ella juega con nosotros, papá —dijo Emiliano, limpiándose la nariz con la manga—. Hace pastel de chocolate. Nos enseña a dibujar. Nos cuenta historias.

—Y canta —agregó Gael, casi sin respirar de lo rápido que hablaba—. Canta la canción de estrellita… la que cantaba mamá.

Mauricio sintió que algo se rompía dentro de él.

Había olvidado esa canción.

Había olvidado demasiadas cosas: el sonido de la risa de Valeria, la forma en que ella les ponía crema en la nariz cuando se asoleaban, la manera en que hacía “avioncito” con la cuchara para que se comieran la sopa. Había enterrado todo bajo reuniones, viajes, contratos, silencio.

Se dio cuenta, de golpe, de que era un fantasma en su propia casa.

La puerta de urgencias se abrió. Salió una doctora joven con expresión seria.

—¿Familia de Clarisa Reyes?

Mauricio se levantó tan rápido que casi se mareó.

—¿Está bien? ¿Va a…?

La doctora lo miró, luego miró a los niños.

—Está despierta. La estabilizamos. Llegó con presión peligrosamente baja. Deshidratación severa. Y… parece que lleva tiempo comiendo mal.

Mauricio sintió la vergüenza como un golpe en la cara.

—¿Cuándo fue la última vez que comió bien?

Él no supo responder. Y el silencio habló por él.

—Vamos a dejarla con suero, hacerle estudios. Pero si sigue así puede tener complicaciones graves —concluyó la doctora—. Necesita descanso, alimentación y seguimiento médico.

Mauricio pidió verla. La doctora accedió, pero indicó que los niños esperaran afuera.

Los gemelos se sentaron en el piso del pasillo, pegados a la pared, tomándose de la mano. Mauricio entró.

Clarisa estaba en una camilla estrecha, con suero en el brazo. Se veía frágil, pero tenía los ojos abiertos. Al verlo, intentó incorporarse de inmediato.

—No, no —Mauricio levantó la mano—. Quédese. Descanse.

Clarisa bajó la mirada, avergonzada.

—Perdón, señor Mauricio… yo no quería causar problemas. Mañana regreso a trabajar. Se lo prometo.

—No va a regresar mañana —dijo él, firme—. Y necesito que me diga la verdad. ¿Por qué no pidió ayuda? ¿Por qué ocultó que se sentía mal?

Ella apretó los dedos sobre la sábana.

—Porque… necesito el trabajo. Y porque uno aprende… que si se queja, lo reemplazan. Yo tengo a mi mamá enferma. Soy la única que la mantiene. Si me quedo sin empleo… se acaba todo.

Mauricio sintió un nudo en la garganta.

—¿De verdad cree que yo la despediría por estar enferma?

Clarisa lo miró con cansancio.