Una suegra clasista obligó a su nuera a lavar los platos en una fiesta porque supuestamente era una “sirvienta” — pero todo se detuvo cuando el invitado más rico se inclinó ante ella y la llamó “princesa”.

—No puedes presentarte ante mis invitados —dijo con desprecio—. Me das vergüenza. Te ves sucia y fuera de lugar. ¡Vete a la cocina! Falta quien lave los platos. Ese es tu único valor en esta casa.

Lance no estaba; se encontraba en un viaje de negocios en Japón. Nadie defendió a Elena.

Obligada, se puso un viejo delantal y entró a la cocina caliente y sucia.

Mientras los invitados reían, comían cortes finos y bebían vino importado, Elena tenía las manos sumergidas en grasa y jabón. Los platos se acumulaban. Las lágrimas caían silenciosas dentro del fregadero.

LA HUMILLACIÓN
Poco después, Doña Margarita entró a la cocina con sus amigas.

—Mírenla —rió, señalando a Elena—. Esta es la esposa de mi hijo. ¿No parece una sirvienta? Ese fregadero es su lugar. ¡Ja, ja, ja!

Las amigas rieron a carcajadas al verla encorvada, con las mangas mojadas y las uñas ennegrecidas por la suciedad.

—Qué horror, Margarita —dijo una—. Jamás imaginé que tu hijo se casaría con alguien así.

—Una desgracia para la familia —respondió Margarita con una sonrisa venenosa—. ¿Qué se puede esperar de una mujer que viene de la nada?

Elena no respondió.
No gritó.
No lloró en voz alta.

Solo se secó las lágrimas con el dorso de la mano y siguió lavando.

Con cada plato, un recuerdo regresaba:
su padre enseñándole dignidad,
recordándole que no todas las batallas se pelean de inmediato.